“(…) Y te preguntarás qué tiene que ver con vos. Absolutamente nada, solo… me gusta compartirte las cosas lindas que me pasan, por algún motivo. Me gusta bastante. Me siento cómoda. Me pregunto cómo te encariñás con alguien extraño, que la mitad del...
“(…) Y te preguntarás qué tiene que ver con vos. Absolutamente nada, solo… me gusta compartirte las cosas lindas que me pasan, por algún motivo. Me gusta bastante. Me siento cómoda. Me pregunto cómo te encariñás con alguien extraño, que la mitad del...

“(…) Y te preguntarás qué tiene que ver con vos. Absolutamente nada, solo… me gusta compartirte las cosas lindas que me pasan, por algún motivo. Me gusta bastante. Me siento cómoda. Me pregunto cómo te encariñás con alguien extraño, que la mitad del tiempo te sube al cielo y la otra mitad te pone a prueba la paciencia. No entiendo. Dijiste que eras como el resto. Bueno, no lo sos. No sé dónde estamos ahora, no sé si estamos o si estuvimos en algún lado en algún momento. Siento que te extraño porque también siento que quedó todo raro. O sea, creo que extraño que cuelgues porque sí y no porque me puse brava. Es raro, ¿no? Que cosa.
Estoy escribiendo lo que sale. No entiendo qué sale pero sale. Ya sé que estoy loca, lo sabía antes de que lo pensaras y eso me cae bien. Me caigo bien. Espero caerte bien también. Ojalá te rías y no me mandes a cagar. Estoy sensible, así que a la mierda. Jaja ya estoy puteando. No sé si soy algo parecido a lo que conociste antes o si alguien te hinchó las guindas de esta manera. Reite conmigo de mí misma. Abrazame aunque no seamos nada. Sonreí por las estupideces que hago o digo. Enojate si tenés qué. Bueno chau, basta. Me voy a dormir porque estoy mareadita. Voy a cursar dos carreras. Voy a leer mucho. Estoy nerviosa. Quería contarte. Esto se puso bien largo y bien raro. Me caés súper, carita de Maluma Beibe. Espero que tengas un Cofler bajo la manga para esta noche. Mañana voy a comprar mi chocolate así pienso en un ajedrez. Beso 💛”. (at Ituzaingó, Buenos Aires)
https://www.instagram.com/p/CCzTVK_AQVo/?igshid=18sh8v79bkbcx

image

Hace días que no me siento igual y sólo se lo atribuyo a tu ausencia. Me duele en la memoria tu último mensaje y la voz en el audio que dejaste tatuada en mi alma. Quisiera no decirlo, pero te extraño. Extraño tu risa. Extraño tu manera de mirarme. Extraño sentirme extasiada cada vez que un mensaje tuyo se anuncia.


Volví a mi rutina. Volvieron aquellas personas que reclaman pedazos de mi, pero nadie se parece a vos. Nadie me hace sentir como vos. Nadie significa nada porque no llevan tu nombre ni causan en mí lo que vos hacés.


Estás conectado. Lo sé porque entré en tu chat para releer viejas conversaciones y así creer que no te fuiste, que no desapareciste. Fijo la mirada en el “online” y espero que se transforme en un “typing…” pero nada pasa. Pienso que ese “en línea” es por alguien más que no soy yo y mi corazón se estruja de rabia y tristeza. Quisiera decirte que nadie puede reemplazar mi lugar pero sé que no es lo mismo para vos que para mí. Yo te busco en cada hombre que se me acerca esperando que me hagan sentir algo, justo como vos lo hacías; vos verás en cada persona a alguien diferente que en nada se parece a mi. No creo que pueda regresar a mi punto de partida.

Encuentro tus videos y regreso a la soledad de las caricias, a la intensidad que me causa observarte. Vuelvo a ver tu sonrisa y el impacto resuena en cada parte de mi cuerpo cuando te recuerdo. Toco mis puntos sensibles pensando en vos y cada segundo inmediato del orgasmo son lagrimas de completa tristeza. Es un tormento subir al paraíso para bajar al purgatorio un momento después.


Vuelvo a abrir tu chat, busco ese audio que tanto me gusta y me duermo escuchándote, para sentirte un poco más cerca. Vienen a mi cabeza todas aquellas situaciones en las que te vi sonreír y no te presté atención, y un par de lagrimas se me escapan fugazmente. Recuerdo las veces que me dijiste que te gustaba, que te podía mi cuerpo y mi forma de ser y mentalmente me odio por no haber creído en tus palabras. Ahora quiero creerte y ya no te intereso. Cierro los ojos con fuerza para así evadirte, pero no funciona. Sueño con vos, con tus brazos, tu boca y con todos los maravillosos encuentros que tuvimos y vamos a tener.


Ojalá me extrañaras. Ojalá volvieras.


“… y terminamos los dos abrazados mirándonos y sin decir nada nos decimos que nos amamos.”

Mis rosas crecen y se marchitan en cualquier momento

image

Y suele ser bastante agotador. Casi siempre las cuido pero… No crecen. No asoman ni siquiera un pedacito de algo, como si salir para florecer no fuera una opción. He protegido varias rosas a lo largo de mi vida pero siempre terminan quedándose bajo tierra. No están dispuestas a nacer más allá de todo el amor, la paciencia y la dedicación con las que las conservo, simplemente se rebelan.

Más de una vez me he hartado de siempre cuidarlas y, casi como un acto de violencia, las asesino a propósito; cuando las mato a sol o a agua y parece que no van a sobrevivir, ah, ahí me destrozan el jardín por completo. Las veo crecer, hermosas e imponentes, amenazando con colmar todo el espacio verde con sus bellas flores y su aroma tan fresco y risueño, dejándome un claro mensaje: ellas se van a morir cuando quieran, no cuando yo lo decida.

La nueva rosa en mi jardín es un verdadero misterio. De hecho, cuando planté la semilla, esperaba que fuera cualquier cosa menos ese tipo de flor. Nunca tuve verdadero interés en hacer que creciera ni mucho menos en que se convirtiera en mi favorita. Reviso, una y otra vez, en qué parte fue que empezó a tener valor para mí, pero casi parece un acto imposible de realizar. Esa rosa hoy crece en mi jardín a pesar de toda la intención que tuve de hacer que muriera; tengo una mezcla de sentimientos que me hacen querer verla crecer pero intentan matarla completamente antes de que mi espacio se llene de espinos.

Hablamos bastante, aunque nulas veces inicia nuestras conversaciones, y siempre están orientadas a cosas banales o subidas de tono. Mi rosa es bastante creída y arrogante porque sabe que puede hacerlo; evasiva, completamente ajena a como hace sentir a su cuidadora.

No todo es malo. Mi rosa también me hace reír como pocas otras. Tiene de las hojas más perfectas que vi alguna vez, y sus flores son las más hermosas de todo mi jardín. Me cuenta sus cosas y tiene reacciones que no llego a comprender o que me desconciertan, y cuanto más me esfuerzo por develar sus secretos, más me lleno yo de preguntas. Me tiene completamente obnubilada con su manera de ser, sus pétalos y su carisma.

A lo largo de estas semanas mi rosa y yo hemos ido y venido más veces de las que puedo contar con los dedos de la mano. Aparece con la misma facilidad con la que desaparece, y me aferro a su presencia aunque sea por breves momentos. Me siento abrumada ante la velocidad de crecimiento que tiene y las actitudes que adopta, como un baldazo que no llego nunca a descubrir si es de agua fría o caliente. Me siento frustrada, desanimada y entregada a permanecer dentro de este pedazo de verde, viendo como mi rosa toma el control de todo el suelo que encuentra.

Cada día que pasa me siento más perdida en mi propio jardín. Como si tuviera que utilizar una brújula dentro de mi recinto. Estoy cansada de correr hacia la salida de este laberinto que parece jamás tener fin y por más que trato parece que me esmero en permanecer adentro.

El día está gris y mi rosa no asomó. Ayer una amiga me dijo “Mata esa planta de una buena vez, antes de que te mate a ti”. En mi mente, decidida, me encamino al jardín para podarla y como por arte de magia, cuando la miro olvido por completo lo que iba a hacer. La rosa me mira, se sonríe y yo vuelvo a estar a sus pies para regarla y cuidarla como si de eso dependiera mi vida.

Y llego a la conclusión de que es ella la que se alza por encima de mí y yo me convierto en la frágil, perdida y sobrepasada flor débil de mi jardín. Es ahora cuando intenta envolverme entre sus pétalos mientras corro, desesperada por salvarme. Pero es tarde, ya me tiene entre sus hojas. Cierro los ojos y espero el golpe letal, anhelando que esta vez no duela tanto.

Sé que va a doler, no importa cuánto ruegue.

A la mierda.

image

Desde que la cuarentena existe en nuestras vidas, me he mantenido ocupadísima cada feriado y fecha especial de nuestro país, pero hoy me di el lujo de no hacer nada. Ya es sábado, pero ayer fue Día del Trabajador; el reloj marca exactamente las 00.30. Estoy metida en la cama desde las nueve de la noche, dando vueltas, haciendo nada productivo. Vi una entrevista que Zane Lowe le hizo a Lady Gaga sobre su última película y volví a ver un documental de 5SOS sobe el making of de Youngblood pero, aparte de eso, no hubo otra cosa de significancia. Mañana tengo clases y debería empezar a estudiar para mis próximos exámenes, así que –otra vez– prometí dormir temprano; como siempre, mi cerebro no se detiene. De fondo suenan The Beach Boys con Don’t Worry Baby, y mi genio empeora con cada palabra.

“Chau, Camila. Andá a escribir. No te banco de mal humor.” Me suelta una de mis amigas en nuestro chat grupal mientras respondo escuetamente a uno de sus mensajes. Lo peor es que sé que tiene razón: tengo un humor de remil perros. Todo el día me sentí hastiada de mi casa, de mis cosas; las ganas de salir corriendo me asaltaron por completo. En todo lo que pude pensar fue en agazaparme con un libro en el Gran Splendid que tanto amo mientras me tomo un té en su cafetería sobre el escenario.

Y en P. Estuve pensando en P. Como si no supiera que mi cerebro va a ir a buscar aquello que me perturba.

Desde la charla y la despedida de ayer por la noche, no volví a saber nada de él. Solía despertarme con algún mensaje suyo respondiendo algo de la noche anterior, pero hoy ni siquiera tuve un “visto” de su parte. Nada. Tampoco vio mis historias. Como si hubiera estado ignorándome deliberadamente todo el día, como si evitarme hubiera sido lo que siempre tuvo que hacerse.

Yo sabía que esto era lo que iba a pasar.

“Para mí, lo cortaste menos diez mal” me dijo ayer mi otra amiga en el grupo de chat. Sé que lo hice, pero me excusé graznando que a veces es mejor dejar las cosas aclaradas desde el principio, que eso evita malos entendidos –y corazones rotos, sobre todo el mío– a futuro. “¿Por qué no dejás que eso fluya?”.

Reescucho mi audio y mi respuesta está tan llena de miedo que casi hace que me descomponga. “No quiero que me guste porque no quiero que me haga daño. Aparte no quiero que me haga lo que le hizo al resto, no me lo banco, no puedo lidiar con eso. Suficiente tengo con todas las otras historias que me salieron como el orto. Ya está, no es un chico para enamorarse, no lo es para nada”.

Pero sé que estoy mintiendo. Claro que es alguien para enamorarse, porque ¿Quién no se enamoraría de ese ser? Más allá de su físico, es un hombre bueno, dulce y tierno. Ama a su familia, sobre todo a su hermanita, y a su pueblo natal. Es un gran músico –No puedo creer lo bien que lleva el ritmo y lo sexy que es con su máxima concentración en la batería–. Tiene proyectos y metas; sabe que quiere crecer y desarrollarse como profesional. Su sentido de la danza es pésimo pero es lo más adorable del mundo. Ama a Dios, eso es lo más importante, y ama servir en la iglesia. Tiene un sentido del humor bastante inocente y su idea de una cita es un remaldito helado.

-Te lo dije- Resuena la voz de una de mis amigas en mi cabeza. –Te gusta.

No soy capaz siquiera de decirlo para mí en voz alta. No puedo. Roza el límite de fuckboy, le gusta jugar con todas, le gusta la atención. No fue capaz ni siquiera de ver los mensajes de anoche, sé que lo está haciendo a propósito. “Puede que eso sea lo que se ve del iceberg pero tu verdadero conflicto es que tenés miedo de dejarte llevar y sufrir, y tus inseguridades te están golpeando la puerta porque sienten que quieren entrar” repite mi cerebro. ¡Es que lo sé! P no se enamoraría de mí, jamás; yo solo sufriría de pena y de amor. ¿Cuál es el sentido de esperar algo de él? No va a ser diferente conmigo.

Presto atención a George Harrison que canta que el amor nos llega a todos y mentalmente ya lo golpeé tres veces. El fastidio crece a pasos agigantados. El amor no llega para todos, no para mí: ni por él, que resulta ser bastante decepcionante por algún motivo que no alcanzo a comprender, ni por mis nudos mentales. Adentro se me grita MIEDO todo el tiempo, pero me fuerzo a no ceder, cualquiera sea el factor. Alejo el pensamiento de lo mucho que me hierve la sangre cuando soy ignorada, de que realmente no le intereso, y trato de concentrarme en cualquier otra cosa. Peter Gabriel melódicamente dice que quiere tener sexo en Sledgehammer y me siento aliviada; solo necesito ponerlo debajo de la alfombra y no pensar en eso por un rato largo.

Pero sé que mañana ese pensamiento va a seguir ahí. Como todos los días.

Loca. Me voy a volver loca.

image

00.43 de la noche. Hoy fue un día de esos agitados: hasta me tomé la libertad de entrenar pero, a pesar de que juré dormir temprano, mi cabeza no puede entender que este no es el momento de pensar, porque sigue y sigue, como un tren fuera de control que promete arrasar con todo antes de que pueda detenerlo.

Hace casi media hora que P y yo tuvimos nuestro encuentro, pero definitivamente no fue como lo esperaba. Es más, hoy ni siquiera alcancé ni un poco de todo lo que tenía planeado. Releo nuestra conversación, buscando señales que me digan qué fue lo que pasó; no tengo ni idea de en dónde estoy parada o con qué estoy lidiando. Y eso me aterra.

Toda la vida fui de esas personas que han padecido el amor desde la parte más amarga; tengo una larga lista de fracasos amorosos y de heridas cicatrizadas (o no tanto) en el corazón a la que más de una vez me cuesta sobreponerme. Como realmente estoy harta de sufrir por estos temas, esta vez me propuse ser distinta. En esta nueva ocasión iba a ser yo quien determinara cuántos pasos iba a dar antes de que me estrellaran contra una pared de sentimientos. Poner un límite y marcar las reglas del juego fue completamente nuevo para mí, pero acepté el desafío porque el miedo a ser rechazada o lastimada otra vez es mucho más fuerte que cualquier cosa. Así que sin asco avancé, dije lo que tenía que decir y volví a descansar en mi lugar seguro.

Solo que, esta vez, presiento que me salió el tiro por la culata.

La historia comienza ayer, con mi último post y las repercusiones que generó en P saber que escribí sobre él. Llena de halagos, fui alentada a seguir redactando todo lo que considerara relevante sobre nuestros encuentros, y también cuestionada cómicamente por la manera en la que decidí retratarlo: como un ganador, un as con las mujeres, casi al borde de ser un fuckboy de ley.

-         No me creo que sea todo eso. – Dijo, incrédulo.

-         No puede ser que no te des cuenta del efecto que causás en las chicas.

-         No hablo con nadie, no tengo ninguna conversación en Instagram, me da fiaca.- sostuvo, y entonces comencé con mi discurso de que conocer a alguien nuevo siempre es motivo de pereza y que las citas son horribles y todo eso.

-         Ah bueno, pero ese es un terreno más profundo - me dijo. - Igual, un helado no daña a nadie.

Esperen, ¿qué? ¿Qué se supone que significa eso?

-         Es verdad, un helado no daña a nadie. Pero no a modo de cita, supongo.

Un chiste doble sentido de su parte y un “sabía que ibas a ir por ahí” cambian completamente la conversación, y antes de entregarme a cualquier cosa, llego al punto que estaba esperando:

-         Vos no esperabas una cita conmigo… ¿no? Me refiero, ni flores ni corazones, como dice mi amigo Christian Grey.

-         Yo no pienso mucho en “tal cual como será la noche”, simplemente según mis ganas improviso y puede pasar cualquier cosa.

-         Yo no quiero enamorarme de vos. No quiero flores, ni corazones. No quiero que creas que siento algo más o lo que sea; tengo en claro para dónde quiero ir. Me pareció que estaba bueno aclararlo, por las dudas. Me caés bien, sos lindo, sos simpático, tenemos buena piel. Que dure lo que tenga que durar. – Afirmé, más para mí que para él.

-         Está más que claro señorita. Nada de confusiones entonces.

Y así, sin más, aceptó. Ni una queja, ni una súplica. Simplemente lo hizo. Nos pusimos en marcha con nuestro bendito encuentro de cada noche pero… No estuve ahí. No mi mente, por lo menos; mi cuerpo respondió a él como siempre, solo que yo lo pasé como si no hubiera sucedido. A él también lo sentí ausente, como si hubiera desconectado, como si solo hubiéramos hecho sexting porque yo así lo quería.

Porque así es ahora: yo mando. Necesito estar afuera de cualquier tipo de relación, no puedo darme el lujo de perder tiempo o peor, de ser otra vez la “algo de”. Las citas, las cosas románticas, los besos de amor y toda esa sarta de cursilerías no entran en este momento en mis planes. Soy una mujer independiente que no tiene tiempo ni ganas de enamorarse, que tiene en cierta parte miedo y que se niega a dejarse envolver en mentiras. Yo sé quién es P, sé sus historias y sus juegos… No es él. No es ahí.

Yo se lo pedí. Lo dejé claro. Lo puse en palabras, apreté send y asentí fervientemente en concordancia con él cuando llegó su respuesta.

Si esto era lo que quería, ¿Qué estoy haciendo, releyendo nuestra conversación? ¿Por qué me siento como si hubiera matado algo que apenas estaba empezando? ¿Por qué sigo pensando en esto y no puedo dormir?

¿Por qué esto no me hace feliz?

Abrumada es mi nueva palabra favorita.

image

Si hoy tuviera que buscar una palabra para aclarar mi estado mental, probablemente sería “abrumada”; tengo mucho trabajo, cosas para leer y preparar para la facultad, estoy tomando clases virtuales y tratando de sobrevivir al hecho de que llevamos en cuarentena casi un mes y medio; no haber vuelto a ver la calle realmente me afectó un poco más de lo que pensé. Algunas cuestiones familiares también me rondan por la cabeza, y en cierta ocasión tampoco me dejaron pegar un ojo en toda la noche.

Todas estas situaciones ocupan una parte importante de mí día a día y en mi mente, pero este es el punto: en realidad, no estoy pensando en ninguna de ellas. Mi estado de abrumación se debe a otra cosa, completamente distinta. La gran mayoría de mis pensamientos simplemente están divirtiéndose en algún lugar remoto de la galaxia, enterrando las uñas en la espalda de alguien más, mientras gritan que por favor ese momento no se termine.

Y ese es el verdadero problema, porque esos pensamientos me enojan y me desvían. Me prometí a mí misma que este año era mío, que iba a hacer cosas por y para mí, que nada iba a poder sacarme de los enormes planes y proyectos que tengo para este 2020. Más allá del COVID-19, determiné que bajo ningún punto de vista iba a pasar otro año de mi vida atrasándome con ciertas cosas o a deteniéndome en nimiedades.

Bueno, claramente eso no está siendo posible, porque constantemente recurro a la imagen… a su imagen. Una cama para dos, las sábanas sedosas y un hombre que reposa semi desnudo en ellas. Tiene la piel más blanca que haya visto jamás, y sus brazos trabajados se alzan por encima de su cabeza mientras me mira con la mirada encendida, las mejillas sonrosadas y la sonrisa perezosamente sexy.

No puedo concentrarme en nada más.

Todo empezó por un incidente. Estaba en un congreso de líderes que llevaba a cabo el ministerio en donde sirvo, hace casi un año. Para ese entonces, recuerdo que tenía mucho estrés, no había superado a Franco y todavía me agarraban ataques de pánico de vez en cuando. Por un descuido y una mala respiración, mi cuerpo cometió el error de pasar vergüenza desmayándose en el medio de una multitud de personas que corrieron a socorrerme (y a sofocarme en atenciones) gravemente afectadas.

Su voz es lo único que recuerdo de ese momento. Un poco nasal, pero para nada desagradable, diciéndome cerca del oído que todo estaba bien, que esto iba a pasar, que no tenía que preocuparme por nada. Pedía en un tono razonablemente fuerte que me levantaran las piernas y que me trajeran azúcar, y su mano acariciaba mi hombro con mucha delicadeza. Así nos conocimos: yo tirada en el piso sobreviviendo a mis nervios, y él susurrándome que iba a estar bien. Casi poesía.

A partir de ahí, todas las veces que coincidimos, nos saludamos con una fresca cordialidad pero sin profundizar: es alguien muy simpático, agradable de tratar, pero para nada el estilo de persona que frecuento. Jamás se me ocurrió pensar que iba a ser el nuevo causante de mi completa falta de atención a las cosas importantes. Como siempre, la vida termina confirmando que, de lo que yo creo, es lo opuesto.

La situación que realmente cambió todo fue cuando pudimos entablar una conversación más o menos decente, un día que respondí a una de sus historias en Instagram, hace casi dos meses. Previo a eso, los comentarios sobre él que había recibido siempre habían sido favorables pero solo en cuanto a su físico, y puedo entender por qué. P (voy a referirme así a su persona) no es precisamente el chico que pasa desapercibido: Es alto, corpulento (1,80 y algo de músculos definidos a base de entrenamiento), con la mirada dulce y la piel blanca, llena de pequitas. Su boca… Dios mío, podría perderme en sus labios durante una eternidad; su sonrisa debe ser la más perfecta que existe. La forma de su cara cuadra con todo lo que es, e incluso su caminar es uno de los más gráciles que contemplé. Una belleza.

La gran mayoría de las chicas de la iglesia tienen un crush con él, o en algún momento lo han mirado con otros ojos. Incluso amigas mías han caído por sus encantos o han intentado tener algo, pero P no es de esas personas. De hecho, él sabe lo que es y, en su mundo, solo hay lugar para el cachondeo; nada de cosas formales. Gente a mi alrededor ha contado lo encantadoramente profesional que es para el histeriqueo, y más de un corazón se ha visto conflictuado por este motivo. Al haber recibido este tipo de información, por supuesto que mi interés hacía él había sido reducido a unos pocos cruces de palabras. Siempre me jacté entre mis amigas de no sentir ningún tipo de atracción por P; cuanto más lejos, mejor. Ni copado, ni lindo: afuera de mi campo de atención.

Después de esa historia respondida, empezamos a tener un contacto más o menos saludable, respondiéndonos cada dos o tres días, hasta que una noche terminamos hablando de mi tema favorito: las novelas, y ahí todo se nos fue completamente de las manos. Un momento conversábamos sobre Mona Kasten y sus escritos para adolescentes/jóvenes adultos, al siguiente se hacía presente Cincuenta Sombras de Grey y menos de un cuarto de hora después estábamos teniendo sexting a las casi 4 de la mañana. No recuerdo cómo llegamos a eso, pero sí mi cuerpo se siente extremadamente atento cada vez que evoco esas imágenes.

Desde esa noche, mi vida sexual cambió por completo. Empezaron los intercambios, los mensajes hasta altas horas de la madrugada y la imaginación a tope 24/7. El sexting se volvió parte de mi rutina y volví a sentirme aquella mujer deseada y hermosa de la que tanto me había enamorado tiempo atrás. Porque, lo quiera o no, yo estaba muy comprometida conmigo misma hasta que la alopecia arrasó de nuevo con mi autoestima. Detalles.

El punto es que todos los mensajes, los videos y las fotos suyas se volvieron casi como una droga a la que me siento cada vez más adicta. Todas las frases guarras que me ha lanzado desde aquella noche, las insinuaciones y las imágenes que ha creado en mi mente se tornan en algún punto casi necesarias. Me veo a mí misma atada de pies y manos como él me prometió mientras me penetra ansioso en la cama y mi cuerpo no tarda en reaccionar; comencé a soñar con todas las posiciones eróticas que pude constantemente y sin pedirlo se me hicieron carne, dulcemente me torturan hasta empujarme al vacío. Incluso él sin tocarme me ha causado los orgasmos más intensos y eso es algo que no deja de maravillarme. Es increíble la piel, la conexión que tenemos, y cada día que pasa de cuarentena se convierte en algo interesantemente agónico de sobrellevar: necesito verlo. Necesito lo que él quiera darme, básicamente.

Ni siquiera puedo pensar en otra persona que no sea él. Hace unos días mis amigas intentaron conseguirme un ligue y, si bien ese chico era todo lo que siempre me gusta en un hombre, no causó siquiera una brisa de igual a lo que me causa P con solo su voz. Me sube de cero a cien en segundos. Como una obsesión, una cuenta pendiente, sólo pienso en estar en su cama y entregarme enteramente a lo que quiera hacerme. Mojada, sedienta y desesperada. Completamente loca.

Y eso me molesta, me enoja, me frustra y me distrae. ¡Este año se suponía que era para mí! Para lograr lo que yo quería, para enfocarme, para finalmente mantener el ojo en el Grand Prix, pero de repente llega este señor con toda su humanidad, su boca que muero porque me recorra el cuerpo entero y esa maldita sonrisa y ahí estoy, perdiendo de nuevo los estribos y la tanga por los rincones. Las fantasías aparecen en cualquier momento del día y tengo que reprimirme cerrando las piernas para que deje de extenderse ese calor que me ocasiona. Me vuelvo a sentir una adolescente presa de mis propias hormonas; imágenes de él desnudo, tocándose, acariciándose, y mi cuerpo se revoluciona por completo. Más de una vez me encuentro a mí misma pensando en sus brazos y me obligo mentalmente a volver a tierra. ¿Cómo de jodido tengo que tener el cerebro para prenderme fuego con solo pensar en algo tan trivial como eso?

Trato de volver a mi foco y concentrarme, pero fracaso miserablemente. Vuelvo a su chat y escucho su último audio antes de resignarme por completo y dormirme. Cuento las horas para el próximo encuentro, ruego al cielo que la cuarentena termine pronto y que esto no me destroce el cerebro por completo.

Este es un post de emergencia. Y me doy cuenta por la forma en la que lo tipeo, porque las palabras casi corren por mi mente como atropellándose, ansiosas por ser escritas. El corazón se me desboca de una manera impertinente, y me duele el cuerpo de...
Este es un post de emergencia. Y me doy cuenta por la forma en la que lo tipeo, porque las palabras casi corren por mi mente como atropellándose, ansiosas por ser escritas. El corazón se me desboca de una manera impertinente, y me duele el cuerpo de...

Este es un post de emergencia. Y me doy cuenta por la forma en la que lo tipeo, porque las palabras casi corren por mi mente como atropellándose, ansiosas por ser escritas. El corazón se me desboca de una manera impertinente, y me duele el cuerpo de la fuerza que hago para no desmoronarme en el suelo a llorar.

Ya no soy de entrar mucho a Facebook, porque entre mi trabajo y el ministerio esa red social quedó casi en desuso. No obstante, una de mis profesoras tuvo la maravillosa idea de crear un foro para nuestra clase por esta cuarentena, por ende me vi obligada a reconectarme. Entre una cosa y otra, pensé en un momento renovarme como se debe y actualizar la foto de perfil, así que toqué la pestaña que me habilita a hacerlo. Como la nostalgia no se hizo esperar, comencé a pasar mis fotos una por una.

Hasta que lo vi.

Un comentario en una foto, era el primero de unos seis o siete que habían dejado en esa imagen.

Su comentario. El comentario de Franco.

Solo ponía un “Coshi” y un emoticón tierno, pero eso me bastó para sentir en el estómago un nerviosismo horriblemente estruendoso. Me quedé tildada, hipnotizada; como si lo que hubiera visto fuera un embrujo.

Y lo fue.

Porque, por algún motivo que todavía no alcanzo a comprender, revolví mi Facebook en busca de cualquier rastro, sea cual fuera, que Franco hubiera dejado, pero no encontré nada más. Desesperada, bajé la pantalla de la laptop y traté de serenarme. ¿Cómo puede un simple comentario dejarme con el alma tan a la deriva y buscando ver más?

Ahí es cuando esa idea, esa maldita idea cruzó por mi mente.

Claramente yo no lo tengo en ninguna red social salvando WhatsApp, y es meramente porque ambos somos líderes que tienen que trabajar juntos. No estoy interesada en lo absoluto en su vida privada, mucho menos en ver como sube fotos con ese ser despreciable a quien tiene el agrado de llamar novia.

Pero, casi sin controlarlo, tecleé en Instagram su nombre de usuario, abrí y fui hasta casi el final, pasando sus más recientes fotos.

Y ahí lo vi.

No solo estaban él y algunos de quienes fueron mis amigos.

Ahí en su cuenta y en una de las imágenes que más tuvieron likes estaba mi cara bien visible en primer plano, con una sonrisa estampada.

Y no me resistí. Solté el aire que había estado conteniendo y en un suspiro doloroso sollocé bien alto y fuerte; rota, deshecha, con el corazón en la mano y el alma en los pies, destrozada.

Franco me tiene ahí. De nuevo, porque esas fotos años atrás no estaban; las había ocultado.

No me olvidó. No quiso borrarme.

Paralizada por ese nerviosismo creciente cerré los ojos. Cuando sentí la culpa de haber suprimido todas nuestras fotos, aun las que estamos con amigos, desbordarme los labios, sollocé más fuerte apretándome el pecho. El celular se me resbaló de las manos y ahí me quedé, tirada en el piso, con un dolor en el cuerpo que se vuelve cada vez más intenso y la sensación de querer morirme de amor de una buena vez.

Harry Styles volvió a sonar de fondo. “Quizás algún día me llames y me digas que también lo sientes”. La frase me retumba por todos los rincones del alma, aguardando a que la deje romperme más de lo que ya estoy.

Y, mientras me sirvo la tercera copa de licor, con la mirada perdida y la tristeza aflorando, la dejo.

Mañana es otro día.

Loading... No More Posts Load More Posts